diciembre 1, 2020

Radio Gran Rosario

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SOCIEDAD. Qué es lo que más se echa de menos de la vida antes del aislamiento obligatorio

Fuente: La Capital – lacapital.com.ar –

Por Ricardo Luque –

 

La cuarentena revalorizó los domingos en familia, el fútbol con amigos y las salidas con las chicas, aunque no es lo único que se extraña hoy.

“Lo cotidiano se volvió hastío”, desliza como al pasar Liliana, cuarenta y pico, madre de dos adolescentes con los que esmeradamente sostiene la cuarentena en el corazón de Arroyito. “Trato de que se cumplan algunos horarios, el almuerzo, la cena, pero los chicos se levantan a cualquier hora, y si fuera por ellos comerían cuando les pinta, es una lucha…”, suspira recordando al entrañable Carlín Calvo en “Amigos son los amigos”.

Cumplió los años en abril, dos semanas y media después de que el gobierno dispusiera el aislamiento, hizo una picada, abrió una cerveza y compartió la foto del festejo en Instagram. “Fue cuando esto recién empezaba y no teníamos idea cómo iba a seguir, lo pasamos lindo, pero fue raro, me faltaron los tirones de oreja, los regalos, esas cosas a las que no le das bola pero que cuando no están te faltan”, recuerda con un dejo de nostalgia.

“Me hace mal ver a mis hijos, se angustian, por la escuela, los amigos, todo lo que se pierden; son chicos, tendrían que estar de joda, pero no, están acá presos con la madre, la peor”, ensaya una broma, pero está preocupada, no puede ocultarlo. Tiene un emprendimiento con su hermano, pero anda a los tumbos, y cursa Psicología, pero el cuesta concentrarse. “Leo, estudio, pero extraño las salidas en bici”, confiesa.

La cuarentena tomó por sorpresa a los rosarinos. Sus costumbres cambiaron de un día para el otro, por obra y gracias de un virus invisible y maligno y un providencial DNU presidencial. Frente a la pregunta crucial de qué extrañan de la vida anterior, argentos hasta la médula, responden sin dudar “la familia, el mate, los abrazos, los besos, el asado del domingo, las salidas con las chicas, el fútbol con los pibes, los afectos”. Pero no solo eso.

La reina del Zoom

Josefina es abogada, no es de las que caminan el tribunal ronroneando como en una pasarela de alta costura, pero le gusta arreglarse, verse bien. Por eso extraña horrores, y lo dice abiertamente, “vestirse como una persona civilizada”. “Al principio disfrutaba estar en pijama todo el día, en joggineta y crocs, pero ya no aguanto más, quiero ponerme unas lindas botas caladas y salir a la calle”, reclama a viva voz como lo haría frente la Corte.

La charla se interrumpe, pero antes pide disculpas, tiene que dar una clase virtual. “Soy una reina del Zoom, Google Meets, Jimmy y demás yerbas, me adapté rápido al home working”, cuenta al terminar con sus obligaciones docentes y tímidamente confiesa: “Doy una maestría a las 7.30, salgo maquillada, peinada, tengo la mejor luz de frente y una camisa que se ve hermosa en cámara, soy Susana Giménez de la cintura para arriba, pero estoy en pantuflas”.

Aunque aprendió rápido a sacarle el jugo al guardarropa de entrecasa, sufre por no poder ir al río. Y no es solo por la actividad física —toma varias clases de fitness online—, sino por el sentimiento de libertad que siente al navegar. “Creo que a los deportistas quitarnos nuestra pasión es fatal, nunca en mi vida estuve sin salir con el velero tanto tiempo, lo hago desde chica, con mi papá y mi mamá que también aman el agua y el viento”, cuenta con evidente resignación.

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Ignacio pasó los cincuenta hace unos años, varios, pero le da pelea a brazo partido al paso del tiempo. Antes de que se decretara el aislamiento social preventivo y obligatorio no pasaba un día sin ir al gimnasio un par de horas largas y los martes y sábados, religiosamente, jugaba al fútbol. “Hay momentos que tengo ganas de tirar todo a la m…?, y rajarme a jugar un picadito con los pibes, pero con quién voy a ir si estamos todos en la misma”, se queja desolado.

“Los pibes se juntan con una aplicación a jugar a la Play, pero a mí no me gusta, yo disfruto transpirar la camiseta, dejar todo en la cancha y después toma una birra bien helada”, se entusiasma, aunque sabe que va a pasar un tiempo antes de que pueda volver a disfrutar el ritual del “fulbito” con los amigos. Le preocupa más que el trabajo, y eso que las dos cocheras con las que paga las cuentas están cerradas desde que se desató la pandemia.

Antes muerta que sencilla

Clarita, todas la llaman por el diminutivo aunque ya no es ninguna nena, no quiere videollamadas, habla solo por celular o audios por WhatsApp. No aceptó hacer una call por Zoom ni con sus familiares, que viven en Estados Unidos. ¿Por qué esta fobia al boom de la cuarentena? “Hace dos meses que no voy a la peluquería, ni a la manicura ni a la depiladora, ni loca dejo que me vean así, prefiero no hablar con nadie”, explica, segura de lo que hace y dice.

Lo que asombra es que, en las fotos y videos que comparte en las redes sociales, luce espléndida, como todas esas chicas que se ganan la vida como influencers y que, pase lo que pase, aún en medio de la crisis del coronavirus, se las ve radiantes, alegres, impecables, como en una publicidad de crema de enjuague. “No hay ningún truco ni photoshop, solo hay que saber cómo poner la cámara y aprovechar la luz”, explica, con un guiño cómplice.

Pedro es mayor, según su relato, población de riesgo, y no se mueve de su casa ni a punta de pistola. Solo sale para buscar provisiones, y, de tanto en tanto y en horarios inusitados, a comprarle chocolate a la mujer. Aún no se jubiló, aunque le falta poco, y trabaja desde la casa. No le gusta, preferiría ir a la oficina, pero no lo hace, sabe que correría un riesgo innecesario. Se desquita con los jefes, a los que vuelve locos con sus insólitos planteos.

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“No extraño nada, tengo mis libros, una botella de JB y los vinilos de jazz de Miles Davies que no me canso de escuchar”, se ufana orgulloso, como si para él estar confinado en una casa de pasillo en el microcentro fueran tan placentero como un atardecer en las islas Seychelles. “Me gustaría poder ir a un bar a tomar un café y leer los diarios, pero puedo vivir sin eso”, dice con suficiencia, aunque se nota que echa de menos sus escapadas del hogar.

La verdad bajo la alfombra

No tiene idea de qué se trata, pero es la campeona mundial de la resiliencia. Desde que arrancó la cuarentena le pasaron todas, internaron a la mamá, se le rompió la compu, la vecina le cambió la clave del wifi y se quedó sin cable. En un rapto por poner en orden el departamento, Morena, bailarina, soltera, sin hijos, encontró los patines y no tuvo mejor idea que probarlos en el living. Se dio un porrazo y la madre. No se rompió nada, pero se pegó un susto bárbaro.

“Extraño a las alumnas, el estudio, las clases, no veo la hora de que esto se termine para ir a tomar una cerveza con las chicas a Pellegrini, en la bici, sin barbijo, sin miedo a contagiarme”, cuenta en un largo audio de WhatsApp en el que, en un medio tono confesional, reconoce: “Extraño a mi quiropráctico, tengo las vértebras en cualquiera, pero muero por ir a tomar la leche con mis sobrinos…”.

A muchos quedarse en casa les descubrió un mundo nuevo, que ni siquiera imaginaban y que aprendieron a disfrutar. A otros, acaso a la gran mayoría, los enfrentó cara a cara con sus carencias, con sus fantasmas, y no ven la hora que de que la cuarentena se termine y volver a poner la verdad bajo la alfombra. Los unos y los otros, sienten la pérdida, que es cruel y mucha, pero confían que a la larga el esfuerzo valdrá la pena.

“Me muero por volver al Coloso”

La pregunta, simple, directa, sin anestesia, tuvo una respuesta contundente. “¿Qué extrañás en la cuarentena?”, fue el interrogante planteado en Instagram y Mariela, embarazada, fanática de la jardinería y la repostería, en cuarentena en familia, escribió: “Me muero por volver al Coloso”. Empujada por la culpa, agregó: “También extraño los abrazos, a mi mamá, a mis amigas, ir a Roldán, caminar al aire libre, pero cómo ir a la cancha a Newell’s no hay nada”.