septiembre 21, 2020

Radio Gran Rosario

FM 88.9 MHZ.

Ludismo

Columna de opinión
Por Fabián Di Nucci

La aparición de las máquinas en los Siglos XVIII y XIX, además de permitir la llamada Revolución Industrial, sobre todo en la industria textil, significó en muchos casos el empeoramiento de las condiciones laborales de los trabajadores.

Una sola máquina producía más que varios trabajadores y, a los no despedidos, se les podía bajar el sueldo, ya que una gran cantidad de desesperados aceptaba trabajar por menos plata.

La más más básica e instintiva reacción de los perjudicados fue romper las máquinas porque, creían, eran las responsables en forma directa de dejarlos sin trabajo o con pésimos salarios.

Esta fue una de las primeras etapas y formas de manifestación del “movimiento obrero”; y así pretendían presionar a sus patrones, para obtener mejoras laborales y salariales.

Los primeros comunicados obreros eran firmados con el nombre de Ned Ludd, un legendario calcetero que, supuestamente, fue el primero en romper el bastidor de un telar, originando el nombre con el que hoy conocemos aquel instintivo y comprensible, aunque ingenuo, movimiento: El Ludismo.

Por supuesto, no se la llevaron de arriba. En 1769, una ley aprobada por el Parlamento inglés dispuso castigar el delito de destrucción de máquinas con…la pena capital. Sí, se los condenaba a muerte (cosa que ahorra palabras en cuanto a qué consideró siempre más importante el capitalismo: la vida o la propiedad)

No se pretende hacer acá, ni remotamente, la historia del movimiento obrero; solo recordar la impotencia de aquellos hombres, que decidieron destruir lo que consideraban culpable de sus desgracias: las máquinas.

Como sabemos, esa reacción fue abandonada por otras formas de reclamar por sus derechos.

Doscientos años después, la quema de barbijos tiene menos puntos de contacto con aquello, de lo que a simple vista parece, y son mucho menos lógicas y bastante más estúpidas. Los barbijos no te dejan sin trabajo ni bajan el salario del que lo recibe.

En cambio, bien usados, y con otras precauciones, pueden salvarnos la vida y la de nuestros congéneres.

Es difícil imaginar qué pensarían aquellos ingenuos destructores de máquinas de estos estúpidos quemadores de barbijos.

Y más inútil sería buscarle un nombre a tan imbécil movimiento y a tanta esterilidad ígnea.